¿Qué es lo que quiero…?

Una reflexión sobre el deseo humano

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‘El yo tolera un deseo mientras sólo existe como fantasía,
oponiéndose decididamente a él en cuento se acerca a su cumplimiento y 
amenaza en convertirse en realidad’
Sigmund Freud


¿Qué es lo que quiero? Parece una pregunta sencilla de responder cuando se trata de cuestiones banales de la vida: una persona enumera aquellas cosas que anhela y fácilmente halla su solución. Sin embargo, cuando planteamos la misma pregunta refiriéndonos a cuestiones más significativas para nuestra propia existencia, la respuesta es más compleja: no se trata de una relación simple y lineal en donde una persona quiere algo y lo va a buscar; muchas veces cree que quiere una cosa, y luego, descubre que no la quiere; o cuando la consigue ya no le interesa.

Preguntas tales como ¿qué quiero para mi vida?, ¿es así la relación de pareja que quiero?, ¿Deseo formar familia?, ¿Qué quiero estudiar?…Preguntas que muchas veces producen cierto malestar, cuestiones que no se decantan por un sí o un no, interrogantes que requieren de un trabajo subjetivo importante.

En relación a la realización de deseos, S. Freud descubre que la actitud del sujeto con respecto a sus deseos es particular. En algunas ocasiones rechaza sus propios deseos, en otros los censura o no quiere saber nada de ellos. El comportamiento del sujeto parece objetar el principio de que una realización de deseo debería ser una causa de placer, ya que en muchas ocasiones acontece todo lo contrario, se manifiesta en forma de angustia. Es decir, un sujeto puede querer algo pero le angustia conseguirlo.

El psicoanálisis propone que detrás de aquello que el ser humano desea, existen una serie de condiciones inconscientes que pueden interferir sobre aquello que una persona desea conscientemente. A nivel psíquico se produce una división, como si fuesen dos personalidades diferentes, una que desea una cosa, la otra que no lo acepta. La realización de deseos puede constituir una fuente de placer para una de esas dos personalidades que le hemos atribuido al sujeto y de displacer, para la otra, cuando ambas no están de acuerdo.

Estos condicionantes inconscientes son particulares de cada persona, ponen en juego su historia personal y aquello que el sujeto ha ido construyendo a lo largo de su experiencia vital.

Siguiendo a J. Lacan en sus desarrollos sobre el deseo en el que plantea que el deseo nace del deseo del Otro. En un análisis se trata de adentrarse en la propias particularidades de un sujeto para desentrañar una trama que permanece inconsciente: la relación del sujeto con los otros (padre, madre, hermanos, amigos, etc) para acceder a la singularidad de un sujeto. Estos vínculos son los que pueden llegar a producir sufrimiento en la vida, ¿cuántas veces hemos escuchado que una persona no puede decirle que no a otra porque cree que se enfadará, o lo/a dejará de querer o le hará daño? ¿cuántas ocasiones hemos creído que era mejor no manifestar una idea o una reflexión para que los otros no piensen de uno…(complétalo como prefieras)? Es decir, que cada persona va construyendo en su propio interior un otro que puede ser más duro o más benévolo con el mismo, pero no deja de ser una construcción que le permite a la persona defenderse de su propio deseo. Porque lo que queda silenciado en el propio deseo.
Por esta vía un sujeto puede caer en una vida marcada por el sufrimiento, gastando gran parte de su energía psíquica en realizar aquellas cosas que no ocasionen un supuesto malestar en el otro. Pareciera que es ‘más fácil’ o ‘cómodo’ vivir con este malestar que apostar seriamente por aquello que desea. Es necesario un arduo trabajo en los análisis para acercarse y soportar lo que se quiere, lo que se desea. Tampoco se trata de que en miras de mi propio deseo haga cualquier cosa, sin importar nada de los otros. No hablamos de negar las diferencias con los otros, sino de lidiar con nuestro deseo, soportar de que los demás, también, pueden elegir más allá de uno.

De esta manera la pregunta por el propio deseo abre un camino que no está prefijado, está abierto al azar, no se trata de que en un proceso analítico a modo de receta de vida el sujeto en análisis obtenga las claves para vivir ‘bien’; sino que se trata de que pueda elaborar sus propias claves, particulares y singulares. Entonces, si el camino no está prefijado, las consecuencias tampoco.

En la consulta es común escuchar a pacientes que a la hora de tomar una decisión comienzan a preguntar a las personas más allegadas que harían en su lugar, buscando una respuesta mágica o intentando ahorrarse ellos mismos la pregunta. Ante ¿y tú qué quieres? caen en la cuenta que no se habían dado ni el lugar ni el tiempo para reflexionar sobre ello. El análisis puede ser una vía para reconciliarse con su propio deseo y apostar por ello, que a modo de brújula lo orientará pero sin saber hasta dónde lo llevará.

Dar lugar para asumirse en una posición deseante, acallar las voces de esos otros que supuestamente no quieren lo que queremos, tomar conciencia que lo hemos construido nosotros mismos, son movimientos psíquicos que requieren de un gran coraje y decisión para trabajar por lo que queremos. Camino que no es sin retrocesos. En este punto, Freud nos vuelve a esclarecer el comportamiento humano. Dice: ‘El temor o la angustia es algo por completo opuesto al deseo y los contrarios se encuentran muy próximos unos de otros, e incluso llegan a confundirse en lo inconsciente’. Para algunos son muchos años postergando su deseo, que les cuesta soportar y se dejan caer, nuevamente, por el camino cómodo que no quiere decir menos doloroso. El análisis es un lugar propicio para admitir y actuar acorde al deseo, que no se da de una vez para siempre, sino que implica un trabajo permanente.

Bibliografía:
  • Sigmund Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis: 14º conferencia. El cumplimiento de deseo. Amorrortu Editores. 1916-17. Tomo XV.
  • Sigmund Freud, Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalíticoAmorrortu Editores. 1914-16. Tomo XIV.

Sobre las crisis personales



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Muere lentamente quien se transforma en esclavo del habito,repitiendo todos los días los mismos senderos,quien no cambia de rutina (…)Pablo Neruda


¿Quién no ha vivido una crisis cuando tuvo que tomar alguna decisión importante para sí mismo? ¿Quién no recuerda los diversos momentos de pasajes de su vida con cierta angustia?
La noción de crisis está indisolublemente unida a la vida, esas crisis que nos acompañan y nos acompañaron a lo largo de nuestro singular recorrido.
Hablar de crisis supone plantear la noción de conflicto psíquico en el que se ponen en juego fuerzas pulsionales y deseantes, se confrontan frases conocidas con otras frases que actúan igualmente, o quizás con más fuerza, pero que desconocemos completamente.
No existe crisis que no presuponga la presencia del conflicto, ni conflicto que no se dé en una crisis. El supuesto equilibrio psíquico, o la tan discutible normalidad, no serían entonces la ausencia de conflictos (o de crisis) sino los intentos de encontrarles las soluciones más o menos adecuadas. Crisis sería cualquier momento de decisión significativa en nuestra vida.

Pero ¿acaso la vida humana no está marcada justamente por permanentes decisiones que cambian drásticamente, o pueden cambiar, el curso de nuestra vida? Decidir sobre nuestra carrera profesional, si estudiaremos o no, y qué carrera escogeremos, si continuaremos viviendo en casa de los padres, cómo queremos vivir el amor, si formaremos una pareja, si tendremos hijos, si seremos padres —que no es lo mismo que tener hijos—, si compraremos una casa o viviremos de alquiler, en definitiva, decidir sobre cómo queremos que sea nuestra vida. Son decisiones críticas, en las que cada uno tiene que elegir, posicionarse para que otros no decidan por uno.

Teniendo en cuenta los recursos con los que cuenta cada sujeto, algunos de estos procesos de cambio suelen aparecer como imposibles de resolver. Es decir, la crisis se precipita como un desequilibrio entre la complejidad del escenario que se nos presenta y los recursos para enfrentarla.
Igualmente, ante una crisis siempre existe la posibilidad de esperar a que desaparezca de la misma manera en que apareció: que el tiempo cure las heridas o que las aguas vuelvan a su cauce, como dicen los dichos populares.
En esta espera, sin lugar a dudas, se pierde la posibilidad de dar a luz la riqueza, el crecimiento, que una crisis encierra y que una pertinente intervención psicoanalítica puede generar.
Cuando hablamos de crisis también planteamos la oportunidad para que se genere un crecimiento en el que se ponen en juego viejos y nuevos saberes. Pensar que la vida es simplemente una sucesión de etapas que comienza con el nacimiento, sigue con la infancia, pasando por la pubertad, hasta llegar a la adultez y que culmina con la muerte. Es pensarlo desde un punto de vista evolutivo que no alcanza para explicar el crecimiento humano, porque justamente el ser humano crece a saltos y no cronológicamente. Pensemos en el niño, cuando comienza a hablar, pronuncia fonemas sin sentido hasta que dice una palabra. Es a partir de ese momento que decimos que todo el lenguaje entró en él, y para eso, precisamente, no estaba preparado; se produce en él un salto cualitativo que no tiene que ver con lo evolutivo, porque el crecimiento es siempre a destiempo. Es decir, que el tiempo cronológico no es lo único que podemos considerar para comprender el devenir humano, también se van produciendo una serie de cambios que tienen que ver con la edad social y la edad sexual correspondiente.
Si caracterizamos las crisis veremos que son tan múltiples como variadas en su origen. Porque la crisis podría entenderse entonces, de modo muy general, como la repercusión psíquica de complejas situaciones vitales, la forma en que estas situaciones son vividas por el sujeto, a partir de múltiples y muy variados factores históricos: su inscripción económico-social, familiar, su propia historicidad, sus vicisitudes como sujeto psíquico. En el curso del crecimiento humano y de la constitución del sujeto acontecen una sucesión de fases diferenciadas, períodos transicionales con transformaciones intelectuales y afectivas. Estos períodos serían definidos como crisis vitales. Pero también habría períodos similares de alteración psíquica debido a contingencias de la vida, donde habría una pérdida de los recursos psíquicos con los que cuenta un sujeto, o se presentarían como amenazas de pérdida. Estas crisis se llamarían crisis accidentales.
Dijimos que las crisis se pueden manifestar en los diversos momentos de un sujeto, situaciones propicias, también, para el cambio: la paternidad, la maternidad, el nacimiento prematuro de un niño, el ingreso al mundo escolar, las edades mediana y avanzada, los cambios de situación. Sin embargo, muchos lo viven con un alto grado de angustia y caen presa de un estado de paralización ante la resolución. Constantemente estamos inmersos en problemáticas por resolver, por pensar o por decidir. Las crisis son situaciones que resultan de una interacción con otros, y con las posibilidades individuales de gestionarla. Se dice que un sujeto en crisis se encuentra en un campo singular en el que existe la necesidad de efectuar un cambio, pero este cambio se presenta como imposible de operar; el sujeto se halla sumido en una situación que parece imposible de resolver, pero, a su vez, es una situación que parece imposible de ser abandonada. Ahí hay un goce, un goce inconsciente.
Luego están aquellas crisis que sobrevienen accidentalmente y nos ponen en situación de urgencia subjetiva. La muerte inesperada de un ser querido, un accidente que deja secuelas graves, una grave enfermedad, una violación, un intento de suicidio, un embarazo no deseado o brotes psicóticos, son acontecimientos que colocan al sujeto en un estado de urgencia. Entonces aparecen frases del orden “¿por qué me pasa a mí?”, “¿ahora qué hago?” o “no sé qué hacer, todo se derrumbó dentro de mí”…
Varios autores abordan esta cuestión y plantean que, en estos casos, el sujeto se queda sin recursos simbólicos para poder elaborar los acontecimientos. Se produce una ruptura en la dimensión de la palabra; estallido, exceso, explosión que irrumpe en la escena que lo sostiene en su mundo y provoca un quiebre discursivo. 

Urgencias subjetivas en donde el actuar sustituye al decir con palabras. Es por ello que la presencia del analista cobra mayor relevancia, ya que a partir de una demanda por parte del sujeto, el dispositivo analítico entra en juego para que se reinstale la dimensión de la palabra, para que ésta pueda propiciar el pasaje del hacer al decir y se introduzca un corte, una demora, una postergación, ahí donde el tiempo de elaboración subjetiva ha quedado colapsado. 

Es preciso instalar un espacio, un tiempo y una escucha analítica en que el paciente pueda reconocerse en esa repetición que lo angustia, en el que puede llegar a hacerse una pregunta por lo que le pasa, que en todo caso sería  saber sobre su propio síntoma. Frente a la urgencia es necesario contar con una organización y una serie de dispositivos para enfrentarla, sin que ello implique dar una respuesta urgente.

¿Qué son las fobias infantiles?

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Un niño, en la oscuridad, le dice a su tía: 
—“Tía háblame, tengo miedo”.
—“Pero de qué te sirve si no puedes verme”.
—“Hay más luz cuando alguien habla”.
Sigmund Freud

No hay una edad concreta en la que comienzan los miedos, pero podemos detectarla desde muy pequeños. Es habitual y común que los niños se angustien ante personas extrañas, frente a situaciones nuevas u objetos desconocidos. La angustia es un estado afectivo muy temprano, es difícil encontrar a alguna persona que no lo haya sentido.

Las fobias en los niños
Es recomendable que los padres puedan realizar una consulta con un especialista en psicología infantil en Barcelona por el malestar que padece su hijo, en forma de angustia, temores o fobias ya que si ese estado afectivo persiste puede traerle aún más limitaciones y sufrimiento.

Podemos ubicar como las primeras fobias aquellas que tienen que ver con determinadas situaciones: fobias a la oscuridad y a la soledad. Ambas fobias pueden persistir durante toda la vida, tanto la fobia a la oscuridad como a la soledad tienen en común la nostalgia por la persona amada que cuidó al niño (la madre o quien hizo sus funciones). La oscuridad y la soledad son dos situaciones que señalan la ausencia del otro, que se puede transformar en un temor a la pérdida del objeto amado que protege al niño.
Para que un niño pueda poder estar a solas, sea para jugar, ir al lavabo o dormir, tiene como antecedente el haber estado con otros y haber incorporado su presencia. Hay niños que pueden quedar instalados en estos temores: oscuridad y soledad. En estos casos hay que considerar el grado de dependencia con el otro. No hay que descartar que esta dependencia, muchas veces, es sostenida por los adultos que no soportan que el niño se desprenda de ellos. Si se extiende en el tiempo esta dependencia, habla de una dificultad para soportar la separación.
Cuando hablamos de fobias infantiles es frecuente oír a padres que dicen: ‘no tiene miedo a nada porque no conoce el peligro’. Desde un punto de vista, pareciera que esta aseveración es cierta, porque no es difícil de verlo jugar cerca de los enchufes, cuchillos o vidrio, correrá o saltará por zonas peligrosas, querrá estar en la cocina mientras se cocina, cortar o tocar el fuego…podemos enumerar un sinfín de situaciones en las que un niño pequeño no se angustia ante el posible peligro que generan estas cuestiones. Y ¿Por qué? Bueno, tiene estrecha relación con la necesidad de otro, sea la madre, el padre, los abuelos o quien se encarguen de cuidarlo de los posibles peligros. En el ser humano no siempre funciona por ensayo y error. Si intentamos que los niños aprendan que no tienen que tocar el enchufe por ensayo y error, ¿dejaríamos que ponga los deditos en la toma de corriente? Esta cuestión plantea que la única manera que tiene un niño de vivir está dada por el conocimiento del otro sobre la preservación de la vida. Es el conocimiento del otro lo que le permite al niño ir configurando lo que puede hacer y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo. Entonces, no se trata de que un niño no tiene miedo a nada porque no conoce el peligro, sino de que no hay conciencia de la propia existencia que lleve a temer el peligro. Es habitual que los padres hablen de la falta de miedo de sus hijos como una virtud, se trata más bien de un rasgo grave. En la medida que esos niños comienzan a tomar conciencia de su existencia, empiezan a padecer importantes terrores.
¿Qué son los terrores infantiles?
Los niños temen a monstruos, fantasmas, a un juguete cotidiano vivenciado como portador de poderes ocultos. Puede ser que un niño no tema que un autobús lo atropelle mientras camina, porque él anda por la acera, pero puede aterrarse con la hormiga o la araña -que se encuentra en esa misma acera- a la que le atribuye poderes especiales. Los temores no remiten a nada peligroso y esto lo detectamos por ejemplo, en las pesadillas donde el niño puede temer a un monstruo maligno que mata a algún ser querido, pero que al despertarse, ese temor vivido como real, desaparece.
Casi siempre el terror irrumpe desmedidamente, es la forma en que el yo –que no sabe cómo protegerse– expresa su propia angustia de aniquilamiento. El terror aparece cuando el niño comienza a tener conciencia de su propia existencia, no solamente del peligro. Ante un desborde de tinte angustioso, aparece el terror como el estado en que se cae cuando se corre un peligro sin estar preparado. Freud plantea que el ser humano se protege del terror mediante la angustia.
En principio, cualquier cosa podría ser un objeto de una fobia, pero cada persona, sea niño o adulto, “elige” de manera inconsciente el suyo, y la significación de dicho objeto será particular en cada caso. No existe una relación directa entre el miedo y el objeto, más bien hay una desproporción considerable. Es un objeto que tiene una historia significante. Es tarea de la terapia poner a trabajar esa ligazón, desplegar su discurso, para hallar el sentido de lo “absurdo” de esa conexión, de ese exagerado temor.
Los miedos
En la medida en que la angustia quede ligada a un objeto concreto: puede ser un animal (perro, serpientes, arañas, caballos) o puede ser una situación (subir en ascensor, avión o andar en bicicleta) o lugares (abiertos, cerrado), hablamos de miedos. El objeto fóbico es situado como aquello que sirve para ocultar la angustia del sujeto. Puede ser una frase significativa en la historia del sujeto, que oculta su angustia. Para taponar algo que lo angustia el sujeto encuentra en el objeto su resolución.
La fobia es un miedo exagerado e irracional a un objeto o situación particular. El niño puede padecer de angustia al ser enfrentado a dicho objeto o situación, por lo que buscará evitarlos de todas las formas posibles, mediante diversas estrategias, a veces muy elaboradas, provocando muchas complicaciones en su vida diaria.

Adolescencia: relaciones con la autoridad

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Época de cambios, de metamorfosis que el adolescente vivencia con gran pesar. El niño que se prepara para ser adolescente se enfrenta a sus propios cambios físicos, a las dudas que le genera el mundo que tiene por delante, un mundo adulto que anhela y teme al mismo tiempo, y se enfrenta también a la incomprensión que observa por parte de sus padres.

No soporto a mis padres” es una frase que ilustra cómo se siente el adolescente en relación a los padres, en particular, y a los adultos, en general. Pero, ¿de qué se alimenta esta hostilidad? Durante muchos años los padres han sido los agentes de la ley. Se han encargado de la educación y el cuidado del hijo. Educación no sólo basada en enseñarle a caminar, a hablar, a comer, a estudiar, sino también en explicarle cómo funciona el mundo, cómo es la gente, qué puede hacer, qué no puede hacer, etc. Eso sí, siempre desde sus propias miradas que no siempre se ajusta a la mirada del joven.

En ‘La causa de los adolescentes’, F. Dolto remarca que al joven no se lo prepara para las dificultades que supone el ingresar al mundo adulto: agresión, sexualidad… es como si se dotara a los miembros de una expedición al polo de ropas de verano y mapas de África. La educación en general los prepara a nivel ideal. Si haces determinadas cosas serás dichoso, buen chico y ciudadano, pero hay que tener en cuenta que no son así’. En lugar de ello, se hace creer a los jóvenes que todos los demás cumplen los preceptos éticos, vale decir, son virtuosos. En esto se fundamenta la exigencia de que ellos lo sean».
Esta es una de las razones por las cuales el adolescente aparece en continuo enfado por los padres. Las cosas, simple y llanamente, no son como se las habían contado. Esta situación desencadena otra frase muy habitual en la adolescencia: “Mis padres no se enteran de nada”. En algunos casos, parte de razón tienen, en otros casos un exceso de protección por parte de los padres y la incapacidad por reconocer al hijo como un ser diferente a ellos que crecerá y conocerá el mundo no como ellos se lo expliquen, sino como es realmente, desembocan en una educación tipo Disneyworld, que se romperá en la adolescencia.  
Uno de los procesos más intensos que acontecen en la adolescencia es el proceso de duelo, por la pérdida del cuerpo niño y por la de los padres de la infancia. En cuanto al duelo por el cuerpo niño, es común ver a los chicos que ingresan en la pubertad poniéndose todavía esa ropa que ya les aprieta por todas partes, que les viene pequeña, quizás mientras a escondidas se reúnen con algún amigo para fumar el primer cigarrillo o mirar un poco de porno, en una muestra evidente del conflicto interno: se aferran a aquello que fueron hasta entonces y se apresuran por llegar al lugar adulto que se les presenta a la vez fascinante y amenazador.
A su vez, los padres dejan de ser omnipotentes, esos de los que el niño presumía ante los compañeros del colegio o los amigos, pasan a ocupar un lugar diferente: el de la duda, el cuestionamiento y, poco después, el enfrentamiento necesario para poder romper los vínculos que le abran al joven el acceso a lo social y a la elección de otras personas a las que amar.
Desde el lado de los padres el panorama no es mucho más alentador. La época de la adolescencia de los hijos puede ser vivida por los padres como la evidencia de un fracaso. En algunos casos del mayor fracaso de su vida.
En un momento decidieron tener un hijo, lo esperaron nueve meses que sirvieron para generar miles de expectativas sobre él. Dedicaron horas y horas a su cuidado, a su alimentación, a su salud, a su educación. Durante muchos años ese niño dependía de ellos para todo, y los miraba como si fueran lo único y lo más importante del mundo (que lo eran). De repente, ese niño, que ya no es tal, les cuestiona su manera de educar, su forma de vivir, sus ideales, etc. Los relega no a un segundo lugar, sino al último. En algunos casos empieza a bajar sus notas en los estudios, a fumar y a romper las normas sobre cómo vestir o la hora de llegada a casa. La pregunta que les fulmina a los padres es: ¿qué hemos hecho mal?Pregunta acompañada de una intensa angustia ante lo que entienden como la inminente pérdida del hijo.
El sentimiento de fracaso no sólo tiene que ver con la posible infelicidad o peligros que le atribuyen al hijo, sino también con que el adolescente se aleja cada vez más de satisfacer los deseos o proyectos que no pudieron realizar los padres y que esperaban que él realizara.
LÍMITES
La cuestión de los límites es algo muy desorientador tanto para los padres como para los hijos. En el momento en el que la adolescencia entra en la familia, el NO toma un protagonismo en las conversaciones, en los silencios, en los reproches, del que antes no había gozado. Obviamente el NOsiempre forma parte de la educación, pero quizás nunca con tanta intensidad. El hijo lo busca, lo provoca, lo espera, lo rechaza, lo discute, lo añora. Los padres lo pierden, lo toman, lo evitan, lo imponen y en algunos casos lo son. Un cóctel molotov que la mayoría de las veces les estalla en las manos. Al adolescente, por no ser consciente de que lo busca; a los padres, por aceptar el desafío del hijo.
El adolescente se cuela por la grieta que produce la duda de los padres. Por la pregunta que antes mencionábamos, por ese ¿qué hemos hecho mal?
Cada vez que se traspasa un límite, cada vez que se salta una norma, se abre la posibilidad a un círculo vicioso: a mayor rigidez, más desafío por parte del chico, que inconscientemente está deseando que pongan fin a su violencia, que la contengan, que le pongan un dique. El fracaso de los recursos parentales queda de manifiesta cada vez que el conflicto traspasa las barreras del hogar y accede a las instituciones, a menudo por la vía judicial, cuando se llega a la agresión física, cuando se pasa al acto.
No es que los adolescentes pasen de todo, sino que llegado un momento de su vida, aquel niño que no veía en sus padres un solo agujero aprovecha los ‘errores’ que cometieron en el pasado para declararles la guerra. Les reprocha que se equivocaran pero no admitiría una corrección, porque para ellos ya es demasiado tarde.
Este puede ser un punto de inflexión en la relación familiar y los padres deciden traer a consulta a los adolescentes; Puede ser una oportunidad para que su decir sea escuchado desde un lugar distinto y pueda desplegar sus inquietudes, malestar y/o intereses. En el encuentro terapéutico: adolescente y psicoanalista, se trata de poder acompañarlo en este momento de transformaciones tan particular para que pueda confrontarse con la posibilidad de responsabilizarse de lo que le está pasando y encontrar una o varias soluciones a su malestar.


Nota: este texto es un extracto del ‘Taller para padres’ celebrado en mayo del 2011 en un instituto de escuela secundaria de Barcelona coordinado por Anabel López.

¿Cuándo hacer terapia de pareja?


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‘Los amorosos callan. 
El amor es el silencio más fino, 
el más tembloroso, el más insoportable. 
Los amorosos buscan, 
los amorosos son los que abandonan, 
son los que cambian, los que olvidan.’

‘Los amorosos’ de Jaime Sabines


Es frecuente que uno de los integrantes de la pareja tome la iniciativa de consultar a un especialista cuando siente que la relación es de agobio, o cuando la dificultad para escucharse acrecienta o cuando la violencia no da lugar a la palabra. También escuchamos quejas de uno respecto del otro -por no hacer o no dar en la medida de lo que el otro quiere- o que no mantienen relaciones sexuales durante un largo período de tiempo. Muchas veces lo que es motivo de consulta tapa el real problema de la pareja.


Uno de los beneficios de una terapia de pareja radica en que la presencia de un tercero aplaca cuestiones que los miembros de la relación por sí solos no pueden: las discusiones cesan, pueden comenzar a conversar sobre lo que le pasa con el otro, con los hijos, se abren cuestiones.

En las entrevistas de pareja se pueden despejar las fantasías que hacen ver al otro de una manera particular y re-descubrir –juntos– una manera diferente de continuar. Sin embargo, algunas parejas llegan para poder separarse. La terapia no se propone como objetivo la continuidad de la pareja, sino que cada uno pueda recuperar su capacidad de vincularse con su propio deseo y con los otros. Algunas parejas pueden resolver aquello que obstaculizaba el vínculo y otras llegan cuando uno de ellos no sabe cómo expresar que se quiere separar.

La terapia de pareja permite que puedan re-pactar la relación desde un lugar más sano, donde cada uno pueda soportar las diferencias con el otro y entender que es imposible querer que los dos hagan uno, básicamente porque ambos vienen de dos historias diferentes. Es por este motivo que desde nuestro equipo de psicólogos en Barcelona, pensamos que cada tratamiento es diferente a otro y no tienen una duración determinada, se circunscribe al tiempo de cada pareja, signado por el tiempo particular de cada integrante. En algunos casos, la terapia de pareja es la antesala de un tratamiento psicoanalítico individual.

¿Es posible cambiar?


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 «No es la especie más fuerte la que sobrevive, 
ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio«
Charles Darwin



Un divorcio, la jubilación, perder el trabajo, la menopausia… Algunas situaciones nos superan, las vivimos como un fracaso y nos sumergen en crisis vitales, crisis que nos paralizan a pesar de que, en realidad, lo que tenemos es la necesidad y el deseo de huir -o salir corriendo- de lo que nos hace daño.


Muchas personas piensan que una separación, por ejemplo, es un fracaso en su vida, cuando no es más que un cambio importante -que nos convoca a comenzar un trabajo de duelo-. Lo que entendemos como fracasos son realmente oportunidades para transformar esos aspectos de la vida que no nos benefician, oportunidades para cambiar lo que no nos gusta, lo que nos hace daño o nos impide vivir nuestra cotidianidad como deseamos.

Desde nuestro gabinete de psicología y psicoanálisis en Barcelona insistimos en que la vida no se trata de representar un guión ya escrito, que no estamos obligados a seguir los pasos que supuestamente nos han marcado, no estamos obligados a ser como se espera que seamos y que en todo caso el guión de nuestra vida lo escribimos nosotros mismos, cada uno con sus palabras y con sus recursos… 

El temor al cambio es uno de los mayores obstáculos en el momento de comenzar una psicoterapia ya que implica responsabilizarnos de nuestras acciones y sentimientos para poder vivir tal y como deseamos vivir. Hay que recordad que no hay edad para el cambio. Nunca es tarde para transformar nuestros pensamientos, sentimientos, afectos… Lo vivimos como un salto al vacío, como un salto a una nueva vida desconocida que nos llega a generar pánico.

Lo importante es querer hacerlo, lo importante es el deseo de cambiar lo que no nos funciona, encarar los pensamientos que nos impiden creer en una vida mejor, elaborar la ansiedad, la angustia y el malestar ante la incertidumbre del cambio acompañados de la escucha profesional para poder realizar un trabajo terapéutico.

Nunca es tarde para hacernos con las riendas de nuestra vida.  

¿Cuándo comenzar una terapia grupal?

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La terapia de grupo es un espacio terapéutico que se lleva a cabo entre varios sujetos –hombres y mujeres– dispuestos a tratar sus conflictos con otros y junto a otros; acompañados y conducidos por la escucha atenta de un psicoanalista. Está dirigido a aquellos sujetos que deseen tratar las problemáticas que afectan   la vida cotidiana.

Los motivos para decidir comenzar un grupo terapéutico son múltiples, desde cuestiones que afectan los vínculos sociales, familiares y laborales hasta para el tratamiento de la angustia, procesos de duelo, celos, obsesiones, estrés, malestar personal, etc.; Y también, como soporte de la un psicoanálisis individual.

Cuando un sujeto ingresa a un grupo terapéutico, busca apoyo, se ve reflejado en los otros, disiente con ellos, se enfada, comparte una vivencia de problema con esos otros cercanos, en la medida que ellos también se reconocen como seres sufrientes de otros malestares. De esta manera se pone en marcha un proceso emocional que crecerá con el avance del trabajo terapéutico, del incremento de la confianza, de la posibilidad de acceder a aquellas sensaciones y/o sentimientos penosos, propios y de los otros. Es el trabajo analítico el que hace posible la comprensión y la elaboración de esos sentimientos, gracias a la intervención de un terapeuta.


Si desea comenzar terapia de grupo en Barcelona, puede solicitar una entrevista al 93 580 83 24 o hacer clic aquí.

El duelo: el dolor ante la pérdida

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Los duelos de la vida

La vida del ser humano está compuesta por diversas relaciones: amorosas, de amistad, laborales, filiales que a lo largo del tiempo pueden sufrir una serie de cambios, transformaciones o pérdidas. Transitamos por la infancia, nos olvidamos de nuestros primeros amigos, llegamos a la adolescencia con más dudas que respuestas, nos despedimos del niño que fuimos, conquistamos al primer amor, sufrimos la primera decepción amorosa, nos separamos de la casa de nuestros padres, ingresamos en la universidad, nos despedimos de la rebeldía, nos trasladamos de nuestro barrio, pueblo o país. Accedemos al primer trabajo y a las primeras relaciones laborales. Formamos una familia o no, tenemos hijos, nos hacemos adultos y olvidamos fácilmente aquel o aquella que alguna vez fuimos.

Nuestra vida está repleta de conquistas y separaciones. Siempre realizamos un duelo por aquello de lo que nos despedimos. A su vez, poco a poco, vamos apartando de nuestros pensamientos que nuestra vida y la de nuestros seres queridos tiene fecha de caducidad. Por ser seres humanos, somos mortales y nuestra vida es transitoria, efímera, fugaz, breve y pasajera. 

¿Qué es el duelo?

Casi sin darnos cuenta hemos elaborado -o no- una serie de duelos. El duelo es un término polisémico. Designa tanto un estado psíquico ante una pérdida, como también el tipo de trabajo psíquico necesario para elaborar aquello que hemos perdido.

Características del duelo

Decimos que una persona está atravesando un proceso de duelo cuando presenta.

  • Un estado afectivo triste.
  • Una pérdida de interés por el mundo que lo rodea: no le interesa ir a trabajar, salir con amigos, estudiar, sólo le interesa aquello que recuerde a lo que ha perdido.
  • Tiene afectada la capacidad de amar, y está
  • Inhibido para desarrollar cualquier otra actividad que no tenga relación con la memoria del muerto.

Estos cuatro puntos son cruciales y nos muestran la entrega del sujeto al proceso de duelo, que no deja lugar a otros propósitos u otros intereses.

Un proceso psíquico necesario

El duelo, por muy doloroso que sea, se consume –espontáneamente– una vez que se renuncia a todo lo perdido. Entonces, la libido queda libre para unirse a nuevos objetos, seguramente igual o más valiosos que aquellos perdidos. El duelo es un proceso necesario. Sin embargo, en nuestros días parecería no haber lugar para ‘llorar’ la pérdida, para realizar el proceso de duelo. Existe una falta de rituales, una dificultad de abrigar lo que se pierde. Nuestra cultura propone, más bien, una desmentida de los duelos y ofrece, en cambio, objetos que prometen una completad inmediata y absoluta. Una falta de rituales que, antiguamente, acompañaban por ejemplo, la pérdida de un ser querido y permitían escribirlo en su ausencia.

La importancia de los ritos

Los ritos de las sociedades antiguas eran un modo de tramitación colectiva de los duelos. De esos espacios colectivos en que legitimaba una ausencia, sólo quedaron ceremonias vaciadas de sentido.

Sófocles, en Antífona, nos advertía que si un cuerpo no se entierra con rituales, devendrá la tragedia. Tal vez una de las locuras colectivas actuales es que no haya sistema simbólico, ofrecido desde lo social, para inscribir las pérdidas, en una cultura del llenado que, por el contrario, busca forcluir cualquier vacío. Falta de rituales, dificultad de cobijar el vacío ante lo que se pierde y, en cambio, objetos que prometen lo inmediato.

Ausencia de sostenes colectivos simbólicos que, antiguamente, legitimaban y acompañaban el pasaje de los adolescentes, que en nuestros días a veces parecen rebotar de una orilla a otra, sumidas en situaciones de riesgo. Allí donde hay rechazo social de los ritos, se ocultan los duelos.

Sabemos que cada cultura trata la muerte a su manera, como dijo el escritor Albert Camus en la novela ‘La peste’: una manera fácil de conocer una ciudad es indagar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella.

El arte ha nacido funerario; los antepasados debían sobrevivir en imágenes. Las sepulturas fueron nuestros primeros museos; algo se dejaba en la tumba del muerto, oponiendo a la descomposición de la muerte la recomposición de la imagen. Hoy, en cambio, cada vez menos monumentos funerarios, no hay estatuas ni frescos en las cámaras de los muertos.

Y a la vez, junto con las antiguas ceremonias de duelo y liturgia, se fueron de nuestras ciudades los carnavales, las fiestas y las mascaradas. Nuestra civilización pertenece a una era visual: “da crédito a sus ojos”. Lo que se ve, lo visible, es lo verosímil. Lo invisible, en cambio, pierde terreno.

Cuando los rituales en la corte francesa indicaban 40 días de exposición pública del rey muerto (Carlos VI, Enrique IV), y una esfinge vestida con las mejores galas presidía 40 días las ceremonias y los banquetes de la corte, significaba que los honores se rendían a la copia y no al nuevo rey. La copia era la representación de algo ausente. Espacio colectivo en que se legitimaba la ausencia.

En las prácticas colectivas de nuestros días, en cambio, parecerían insistir como orientación lógica la negación, la desmentida y el rechazo a incluir la muerte en el proyecto de vida.

Tramitar un duelo, subjetivar una falta, supone dar algo por perdido, pero, a la vez, pagar con algo por ese proceso. ¿Qué ponemos en la tumba del muerto? Esa flor que uno lleva, esas palabras que se dicen como metáfora de la creación y la producción, de lo que del lado del sujeto es protagonismo en la elaboración del duelo.

Cuando hablamos de duelos, nos referimos no sólo a la pérdida de un ser querido: nos referimos a diferentes cuestiones, como el duelo por no ser quien uno habría deseado, al duelo por no saberlo todo, por la falta de certezas.

Muchas personas viven como si estuviesen inmersas en un largo periodo de duelo. Aquí ya no estaríamos hablando de duelo, sino de melancolía.

Cuando los padres establecen límites a sus hijos

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‘Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada’.
Ana Karenina de León Tolstói




Introducción

El ser humano no nace enseñado, para aprender se necesita cierta predisposición por parte del niño, y reglas o normas por parte de los padres que faciliten el aprendizaje. Entre estas se encuentran los límites y la disciplina que ayudan a los niños a desarrollar sus aprendizajes y su inserción en el mundo.

Todos empezamos nuestra vida sin conocer normas y tuvimos que aprenderlas para convertirnos en personas autónomas, responsables, miembros de una comunidad.
Habitualmente los padres no permitimos que un niño pequeño toque un enchufe por el daño que le puede ocasionar. Y sin embargo, cuando tenemos que decirle que colaboren en tareas domésticas o que hagan los deberes solos no lo hacemos con la misma intensidad, lo dejamos pasar y sólo nos quejamos porque no hace lo poco que le pedimos.

¿Por qué es importante poner límites?

No poner límites estimula una creencia, en los niños y adolescentes, de que pueden hacer todo aquello que ellos creen que pueden realizar. Esto los expone a situaciones para las que no están preparados, así los padres estimulamos una autonomía anticipada nociva.

El límite es una regulación que se les impone al niño y al adolescente desde el medio que los rodea, sin que medie su opinión ni una negociación. Esta regulación la ejercen los adultos (padres y/o educadores) a partir de la necesidad imperiosa que tiene un niño de ver satisfechas de modo inmediato sus demandas.

Desde el nacimiento y hasta a una edad cercana a los 7-8 años, el psiquismo del niño está representado por una necesidad despótica de satisfacer cualquier tensión, cualquier incomodidad que tenga, cualquier demanda. En el inicio de la vida, las necesidades tienen que ver con la supervivencia, el alimento o el abrigo. Más adelante, tendrán que ver con la demanda de lo social, del consumo… la capacidad que tengan los padres responsables de la crianza para regular esta manifestación impulsiva va a ir confirmando una estructura psíquica interna que permitirá desarrollar un control de los impulsos.

Cuando este control funciona dentro de ciertos parámetros (que no quiere decir perfecto) desde muy pequeño el niño desarrollará paciencia, capacidad de frustración, vergüenza, asco, miedo, etc. Estas cualidades funcionarán para el resto de la vida y le permiten a un sujeto transitar más o menos armónicamente por la vida.

Se trata de ir limitando la impulsividad. Así ocurrirá que algunas acciones del niño no las realizará por sentir miedo y otros por sentir vergüenza. Comienza a aparecer el silencio como cautela frente a cuestiones que es mejor no responder. Es decir, ser cauteloso, prudente, discreto, reservado le permite al niño desplegar recursos frente a situaciones que ponen en peligro su integridad física o psicológica.

Niños y niñas transgresoras, respondonas con sus padres o en la escuela son el resultado de una falta de límites por parte de los adultos responsables del niño.
El niño tiene que tener conciencia de las consecuencias de sus actos es importante porque le permite distinguir lo que está bien hecho de lo que no y esto le permitirá evaluar su acción, si no tiene parámetros no podrá evaluarlo.

La mayor dificultad de los padres es decir que no, de mostrarse ellos mismos como modelos. En la medida que como padres nos ubiquemos como adultos responsables les estamos transmitiendo confianza a los hijos. En cambio, una posición debilitada es un contraejemplo de lo que imponer como norma ante los hijos. En la consulta escuchamos con frecuencia que los padres enfatizan que la mayor responsabilidad de los hijos adolescentes es estudiar y no mirar la tele. Sin embargo, los padres se pasan un montón de horas atrapados por televisión. Cabe la pregunta ¿qué le están transmitiendo los padres con su hacer?.
Es fundamental para el cuidado de los hijos que los adultos no claudiquen en su tarea. Al ponerle limites los padres le transmiten que en la vida todo no se puede y que las cosas tienen un límite, un orden en el que deben ser desarrolladas. Es paradójico, pero para poder primero hay que pasar por el que todo no se puede.

¿Por qué es necesario frenar las conductas impulsivas de los hijos? Para que la personalidad y el carácter se formen en un clima de salud y no de enfermedad. El niño necesita para su crecimiento saludable un adulto responsable que ejerza sobre él una influencia positiva. Prohibir la impulsividad permite que se instale en el niño un estado de frustración sano y saludable. Es necesario frustrar a los niños el logro de una satisfacción inmediata y desmedida, para que aprendan a soportar el displacer con el que tendrán que lidiar; a esperar, a postergarla…
La frustración frena la omnipotencia del niño que lleva a la creencia de poder ser y tener todo lo que quiera.

¿Por qué los padres se angustian a la hora de poner límites?
1-   Porque se comparan con otros padres, miran como actúan y creen que si les ponen límites son duros con los niños, no como los padres de fulanito que sí lo deja hacer tal cosa…
2-   Otros creen que si les ponen límites los dejarán de querer los niños.
3-   O temen que se alejen de ellos, que pierdan la confianza y les deje de contar sus miedos, sus cosas, etc.
Muchas veces la conducta transgresora de los niños tiene que ver con la conducta transgresora de los padres, el niño se identifica con ellos y copian sus acciones.
Las sanciones son eficaces cuando son coherentes con el hecho cometido. Una sanción debe apuntar a que el niño tome conciencia de lo que ha hecho y también debe ir en la dirección de reparar el daño causado.